jueves, 18 de abril de 2024

KANT: sin su obra palabras como a priori, imperativo o sublime no serían tan habituales en nuestro vocabulario.

El Kant nuestro de cada día

Sin la obra filosófica de Kant, algunas palabras cotidianas no serían lo que son



Estatua de Kant en la universidad de Kaliningrado, antes Konigsberg, en Rusia.
GABRIELE THIELMANN (ALAMY/CORDON PRESS)



Sin el legado de PlatónDescartes o Maquiavelo, expresiones como “amor platónico”, “mente cartesiana” o “plan maquiavélico” no existirían. Sin la filosofía de Immanuel Kant, tampoco algunas palabras serían lo que son.


El de Kant es uno de los nombres que más respeto infunden cuando se estudia filosofía. Su lenguaje no lo pone fácil. Pero me aventuraría a decir que sin su obra palabras como a priori, imperativo o sublime no serían tan habituales en nuestro vocabulario.


Recuerdo que en un examen de filosofía de COU (hoy bachillerato) nos pidieron explicar la teoría de los juicios de la Crítica de la razón pura. Al salir, alguien me preguntó qué tal había ido, a lo que respondí que a priori bien. En realidad no había salido tan airoso del envite. Había aludido a la diferencia entre juicios analíticos y sintéticos, pero no a su modalidad a priori y a posteriori. Era paradójico: estaba claro que no dominaba bien la teoría kantiana de los juicios, pero al mismo tiempo sabía perfectamente qué implicaba que algo fuera a priori.


Para el filósofo de Königsberg a priori significa independiente de la experiencia, por eso yo creía que el examen me había ido bien. En ese momento todavía no había cotejado los apuntes y comprobado que no había respondido todo lo que debía. Finalmente aprobé ese examen, pero ese día comprendí que si quería hacer bien las cosas tenía que aplicarme más.


Y así lo hice. Para el siguiente examen me conciencié de que tenía que estudiar con más tesón, ya que por entonces la filosofía se me atragantaba. Lo que no sabía es que tomar conciencia de una obligación o de un imperativo es precisamente el eje de la ética que se defiende en la Crítica de la razón práctica. Un imperativo es un tiempo verbal que no admite discusión, igual que el imperativo categórico kantiano, que llama a la acción de una forma muy particular. Su mandato exige hacer las cosas conforme a la ley moral universal y, además, saber por qué se deben hacer así. En adelante mis exámenes de filosofía mejoraron ostensiblemente, aunque no llegaron a rozar lo sublime.


Sublime es, de estas tres, la palabra que menos utilizamos en un sentido propiamente kantiano, aunque el hecho de que la analizase tan detalladamente en su Crítica del juicio seguramente haya ayudado a difundir su uso. Cuando describimos un paisaje, una pieza musical o una obra de arte como “sublimes”, estamos indicando que se trata de una experiencia estética excepcional. Pero Kant profundiza en una ambigüedad que ya se había formulado con anterioridad. En una experiencia sublime, puntualiza, uno se las tiene con una desbordante sensación en la que atracción y miedo se (con)funden. Lo sublime es una exposición a lo limítrofe que genera una gran conmoción, por eso no sabemos si quedarnos ahí o huir pavorosamente.


“Sublime” no es, ciertamente, una palabra filosóficamente diáfana, y a Kant se lo relaciona con la meticulosidad analítica y conceptual. Pero es que en el fondo ninguna palabra lo es. Por eso la filosofía se detiene tanto en sus recovecos. Las palabras buscan nombrar la vida, y si la vida es dinámica, ¿por qué no deberían serlo también nuestras palabras?


La vida es sutil, se muestra a la vez que se esconde, de ahí que nuestro lenguaje tenga que moverse principalmente en un mundo de metáforas y evocaciones. Solo cuando las palabras son capaces de combinar la audacia de querer decir con la humildad de aprender a callar, son palabras de vida. Así que las palabras de la filosofía son vulnerables; esa es también su condición. Si la razón filosófica siempre está confrontada con sus propios límites, como apuntó Kant, es porque hacer filosofía significa, en esencia, explorar las dimensiones de esa finitud.

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Miquel Seguró Mendlewicz es doctor en Filosofía y licenciado en Humanidades. Profesor de Filosofía, su último libro es Vulnerabilidad (Herder, 2021).


KANT: tricentenario de su nacimiento...

Kant, el sabio que nos hizo mejores ciudadanos

El filósofo prusiano, autor de ‘Crítica de la razón pura’, cambió la forma de pensar de la gente e incitó a reflexionar por uno mismo, a cuestionarlo todo. En el tricentenario de su nacimiento, cuando reaparecen las figuras autoritarias y las guerras sangrientas, su ideario cosmopolita cobra sentido



ALEXANDRA ESPAÑA



Fue un visionario que inauguró la modernidad. Cambió la forma de pensar de la gente, incitando a reflexionar por uno mismo y a cuestionarlo todo. Las ideas del filósofo que rechazó el dogma, que propugnó el uso de la libertad en responsabilidad y la idea de ciudadanía común están de vuelta ahora que se cumplen tres siglos de su nacimiento.


Vivimos un cierto regreso al pasado. Reaparecen la irracionalidad, el miedolas teorías conspiranoicaslas sombrías figuras autoritarias y las guerras sangrientas. Ante ello, no hay recetas mágicas, pero podemos volver a escuchar a los que quisieron emanciparnos de fanatismos y actuar a la luz de un entendimiento común. Podemos volver a Kant.


El autor de Crítica de la razón pura es uno de los filósofos más influyentes de todos los tiempos. Es citado, comentado y combatido —especialmente desde el posmodernismo—, incansablemente. De la idea de la educación universal y gratuita al principio de autonomía moral y personal, de Habermas a Hannah Arendt, pasando por Hegel, su obra lo impregna casi todo. “Seguro que Kant ha influido en usted aunque no lo haya leído”, advirtió Goethe.


El pensador que abrió un camino para que seamos mejores ciudadanos, nacido el 22 de abril de 1724 en Königsberg (hoy Kaliningrado, en Rusia), también impulsó el derecho internacional y el concepto de un gobierno organizado en una federación de estados, inspiradora de entidades como la ONU o la Unión Europea. Ahora, en el volátil contexto actual, sus ideas cosmopolitas y democráticas vuelven a cobrar sentido.


“Con lo que está ocurriendo ahora mismo en la guerra de Ucrania o lo que está haciendo Israel en Gaza, lo que escribió Kant no puede ser de más actualidad”, afirma Roberto R. Aramayo, profesor del Instituto de Filosofía del CSIC. Aramayo hace referencia a Sobre la paz perpetua, el ensayo de Kant publicado en 1795 que insta a la regulación de los conflictos, subrayando que ningún Estado debe inmiscuirse por la fuerza en el gobierno de otro o que, en caso de guerra, no deben llevarse a cabo actos que hagan imposible una paz futura. “En estos tiempos se ve a Kant más como un icono que como un referente, porque no nos va a ofrecer respuestas a nuestros problemas concretos, pero su obra nos sigue interpelando hoy mismo”, sostiene Aramayo, uno de los mayores conocedores de la obra del prusiano y autor de Kant: Entre la moral y la política (Alianza Editorial, 2018).


El llamado sabio de Königsberg no debe de ser santo de devoción entre las autoridades de Rusia, Israel o China. Alertó sobre la pasión por el poder, los posibles engaños de la “razones de Estado” y dejó escrito que “ninguna voluntad particular puede ser legisladora para una comunidad”. Norbert Bilbeny, catedrático de Ética de la Universidad de Barcelona y autor de El torbellino Kant. Vida, ideas y entorno del mayor filósofo de la razón (Ariel, 2024), apunta: “Aún no estamos en la Europa ni en el mundo cosmopolita y hospitalario que él concibió”.


Publicó Crítica de la razón pura, Crítica de la razón práctica y Crítica del juicio en los años 1781, 1787 y 1790, sucesivamente. En ellas, Kant propone una filosofía total, un sistema de conocimiento, moral y estético, respondiendo a tres preguntas clave: qué puedo saber, qué puedo hacer y qué debo esperar. En su primera Crítica suma las corrientes filosóficas anteriores, añade el eje del espacio y el tiempo, hace un reset y responde que al conocimiento se llega aunando el empirismo con el racionalismo, que dicho conocimiento está condicionado por el sujeto que quiere conocer y que hay cosas que no podemos saber; en la segunda describe una moral y una ética común a priori de todo, un juicio compartido que nos aleja de los prejuicios; y en la tercera revela el peso del arte en la representación del mundo.


“Una idea guía toda la historia: la del derecho”, dijo el prusiano. Es “el derecho a tener derechos”, en interpretación del añorado filósofo Javier Muguerza. Desde la mesa de su despacho en su casa de Königsberg —bajo un retrato de Jean-Jacques Rousseau interpelándole desde la pared —, Kant dio un nuevo empuje a la Ilustración ampliándola hacia una revolución global. Armado con una peluca empolvada, una pluma y un tintero, El Demoledor, según palabras del escritor Thomas de Quincey, propone una “salida del hombre de su inmadurez autoincurrida” —así lo escribió Kant en su ensayo ¿Qué es la Ilustración?, de 1784—.



Le llamaban Manolito

Fue un hombre metódico, de familia humilde, influenciado por su madre, una lectora inquieta de recta conducta que le llamaba cariñosamente Manelchen (Manolito). “Un ateo ético”, en descripción de Aramayo, un pensador que vio con buenos ojos la guerra de Independencia americana y la Revolución Francesa, un trabajador solitario que se volvía sociable unas horas al día, cuando invitaba a grupos de amigos a comer, a beber vino y a conversar en su casa.


Grabado del filósofo prusiano Immanuel Kant
DEAGOSTINI (GETTY IMAGES)


Vivió siempre soltero, dedicado a su proyecto de filosofía total. De estudiante se reveló como un portento, pero la muerte de su padre le obligó a dejar la universidad y mantener a sus hermanos. Estuvo casi una década alejado de los circuitos académicos, ejerciendo de preceptor de niños de familias ricas y de bibliotecario, hasta que retomó sus estudios gracias al apoyo económico de su tío zapatero.


También fue un profesor hipnótico para sus cada vez más numerosos alumnos, un intelectual que cada día a las cinco de la madrugada ya estaba leyendo y escribiendo. Durante años impartió más de 40 horas semanales de Metafísica, Geografía, Ética, Antropología, Pedagogía, Matemáticas, Latín o Mineralogía.


Recibió ofertas para trabajar en las universidades de Jena y Berlín, pero optó por no moverse de su ciudad, desde donde universalizó los ideales de Montesquieu, Rousseau y Voltaire, redibujando para siempre la dimensión colectiva de la política (aunque, víctima de su tiempo, legitimó la exclusión de las mujeres en dicha dimensión).


Fue un hipocondriaco de salud aceptable, un hombre que en sus paseos de la tarde respiraba solo por la nariz por miedo a constiparse y que, por tanto, no hablaba en caso de tener compañía. Un pensador longevo que, con los achaques de la edad, cuando se dio cuenta de que explicaba siempre las mismas historias optó por apuntárselas para no repetirlas. A sus casi 80 años, en una de esas comidas en su casa, confesó: “Señores, soy viejo, débil e infantil, y en consecuencia deben ustedes tratarme como a un niño”.



Contra el no future

En sus obras alude a un mundo en permanente construcción, alertando de que cuando se habla de la sociedad como es, en verdad se subraya lo que se ha hecho de ellaContra las tentaciones del nihilismo y el no future, Kant insta a actuar como si el mundo tuviera un propósito, y este fuera digno y decente. En Kant, “trabajar y colaborar de forma comunitaria y tener las obligaciones morales claras conlleva una esperanza real en el futuro”, reflexiona Kate Moran, profesora de Filosofía de la Universidad de Brandeis y autora de Kant’s Ethics (la ética de Kant) (Cambridge University Press, 2022).


Kant ilumina: a pesar de las guerras y la violencia, en su ideario es razonable esperar que la humanidad avance y logre una paz duradera. Pero para conseguirlo es requisito desarrollar un Estado constitucional republicano que regule la libertad en común de la ciudadanía, que sea garante del acto de pensar por uno mismo, dejando “espacio a la libertad interna de actuar moralmente y bien”, apunta Margit Ruffing, doctora en Filosofía de la Universidad Johannes Gutenberg de Maguncia.


Para Ruffing, la obra kantiana refleja que “el futuro llegará, y no hay ninguna razón sensata para no trabajar por un mundo mejor, sino muchas razones para hacerlo”. Pero Kant no era un optimista irredento: “Era consciente del conflicto y la maldad en el humano, y avisó de que solo el conocimiento y la conciencia ética pueden detenerlos”, advierte Bilbeny. El prusiano vendría a ser un pesimista con “un inquebrantable optimismo metodológico, basado en la esperanza moral de que nuestro perfeccionamiento puede transformar el futuro”, según Aramayo.


Pero no todo va a ser mañana. Para hoy mismo, el pensador de Königsberg ofrece herramientas para la convivencia cotidiana, como “la idea de ser generosos con los demás e implacables con nosotros mismos”, según escribió Muguerza, o de actuar como si de nosotros dependiera el curso del mundo. “Hay mucho que aprender de él: a tratarnos educadamente, prestar atención sincera a los demás, en el trabajo, en casa o en la calle”, apunta la profesora Moran. Son pequeñas reverberaciones que perfilan un mundo más humanizado. Entonces, no todo está perdido. Tras reencontrar la voz del filósofo, un poco a la manera de Nathy Peluso y C. Tangana, dan ganas de cantar “yo era ateo, pero ahora creo” (en Kant).



sábado, 9 de marzo de 2024

Sobre estoicismo, hedonismo, utilitarismo...

¿QUÉ CORRIENTES FILOSÓFICAS IMPERAN HOY?

Repasamos algunas tendencias de la filosofía y la ética que marcan los debates de la actualidad, como el estoicismo, la abolición del trabajo y el nihilismo.




Quizá, cuando pensamos en corrientes filosóficas y actualidad, la primera palabra que se nos viene a la mente es «estoicismo». Y es que, en los últimos años, ha habido una proliferación de publicaciones y figuras públicas que hablan de las enseñanzas de Séneca y Marco Aurelio, si bien traducidas a poco menos que frases motivacionales que no tienen mucho que ver con los textos de estos pensadores.

Este estoicismo contemporáneo, dirigido sobre todo a la potenciación del individuo en términos de productividad empresarial o económica, poco tiene que ver con los pensamientos originales de los estoicos, que se orientaban más bien a dejar de depender de nuestras inestables emociones y conseguir un desapego sano de las fluctuaciones del corazón. Esta búsqueda actual de la imperturbabilidad podría deberse a los recientes sucesos que han alterado nuestro mundo, como la pandemia del coronavirus: si no podemos hacer nada por detener las sacudidas del mundo, debemos buscar controlar las nuestras. Una premisa que no está mal, pero ante la que hay que tener cuidado: debemos apostar por la moderación para vivir más a gusto con nosotros mismos, no porque eliminar el sufrimiento implique ser más productivos.

En el otro plato de la balanza, encontramos también expresiones modernas de las corrientes opuesta al estoicismo: el hedonismo y el epicureísmo. Se trata de quienes, frente a los influencers que afirman que levantarse a las 5 de la mañana y ducharse con agua fría es la solución a todos nuestros problemas, abogan por una concepción de la vida más amable, centrada en buscar la virtud en el placer y no en el trabajo. La fase tardía del capitalismo que nos ha tocado vivir y la obsesión con la hiperproducción económica ha dado lugar a corrientes de pensamiento que están en contra del trabajo asalariado como centro de nuestras vidas.

Es la idea, por ejemplo, que presenta el libro Gozo de la filósofa Azahara Alonso, una historia a medio camino entre la novela, el diario y el tratado filosófico en la que la autora se plantea por qué el trabajo y la utilidad tienen que ser lo que nos defina. ¿Por qué no, simplemente, dedicarnos a no hacer nada? En un mundo laboral cada vez más precario, en el que los trabajadores están cansados de que su esfuerzo no se vea reflejado en su calidad de vida, ya hay muchas personas, especialmente jóvenes, que rechazan la identificación personalidad-trabajo y optan por reducir la importancia que este tiene en el cuadro general de nuestra vida, una reivindicación que viene del marxismo y que tiene mucho que ver con esa búsqueda del placer individual que defienden tanto el hedonismo como el epicureísmo. Trabajar para vivir, no vivir para trabajar.

Pero ojo, la búsqueda del placer propio por encima de todo lo demás puede llevar al narcisismo, consumiendo placeres (y, en el caso de las relaciones amorosas, personas) de manera compulsiva. La reflexión sobre los cuidados y sobre la comunidad con valor más allá de lo individual también es uno de los grandes debates de la filosofía contemporánea.

Otra de las grandes preocupaciones de la filosofía actual es la reflexión sobre las comunicaciones y la información, la «infoxicación», término desarrollado recientemente por la joven Margot Rot en un libro homónimo. En la sociedad de la imagen y las redes sociales, la presencia continua y sin tregua de imágenes explícitas o violentas es una realidad que ha creado problemas tan graves como la adicción a la pornografía, una patología que afecta a la educación sexual de muchos jóvenes y que tiene consecuencias como las prácticas sexuales no deseadas o la insatisfacción del deseo por no corresponderse a los parámetros del porno. La sobresaturación de imágenes nos está también insensibilizando ante el dolor ajeno, una problemática que ya trató la filósofa Susan Sontag en su ensayo de 2003 Ante el dolor de los demás y que está a la orden del día debido a ese scrolling sin fin y sin sentido en el que se intercalan imágenes de cadáveres con memes y filtros divertidos. Se habla de un cierto nihilismo relacionado con la sociedad de consumo (incluido el consumo de imágenes) que responde a una premisa tan triste como básica: es tanta la información impactante que nos llega que al final termina por no afectarnos en absoluto.

Además, la ética y bioética se han convertido en puntos de vista fundamentales para el desarrollo científico y tecnológico, especialmente en ámbitos polémicos como la gestación subrogada (recordemos el reciente caso de la hija-nieta de Ana Obregón, en el que la gestación se realizó con el semen de una persona fallecida) o las inteligencias artificiales generativas. Estas aplicaciones prácticas del pensamiento filosófico demuestran lo que ya afirmaba el humanista Nuccio Ordine: lo aparentemente inútil acaba teniendo utilidad, y mucha, en el mundo de hoy.