domingo, 27 de septiembre de 2026

Decía Epicuro que “vana es la palabra del filósofo que no remedia ningún sufrimiento del hombre”

Contra la búsqueda de la euforia perpetua

‘El jardín de la felicidad’, editado por David Hernández de la Fuente, despoja a Epicuro de tergiversaciones y presenta su obra como un manual para una vida austera y exigente

Busto de Epicuro conservado en los Museos Capitolinos de Roma.
LEEMAGE / Corbis / Getty Images



Decía Epicuro que “vana es la palabra del filósofo que no remedia ningún sufrimiento del hombre”. En un tiempo en el que hemos vuelto a la filosofía griega en busca de una psicología de la autoayuda o un falso neoestoicismo, el hedonismo epicúreo es una palabra terapéutica para sentirse bien. Sin embargo, esa palabra fue reducida ya desde la antigüedad, en especial en Roma, a la caricatura. Poco ayudó el epicúreo Horacio al encontrar la felicidad en los placeres de la aurea mediocritas, el carpe diem o el beatus ille; de poco sirvió la genialidad del romano Lucrecio en su deslumbrante De rerum natura; menos todavía Dante al condenarlo al sexto círculo del Infierno por negar la inmortalidad el alma; e imposibles fueron los intentos de Erasmo de cristianizar a Epicuro o la lengua vibrante de Quevedo para salvar la filosofía de aquel que decía: “Escupo sobre lo bello moral y sobre los que vanamente lo admiran cuando no produce ningún placer”. La nómina de sus apologistas posteriores no ayudó demasiado porque fueron filósofos bajo sospecha: el utilitarista John Stuart Mill, el materialista Marx, el nihilista Nietzsche... La filosofía de Epicuro fue siempre sentida como una peligrosa invitación a los placeres del vientre, al goce sensual, al egoísmo apolítico, a la sexualidad desatada o la despreocupación hedonista. Nada más alejado del filósofo que hacia el 306 a.C. fundó el Jardín, hoy en una calle deslucida de fachadas envejecidas y destartaladas de Atenas, aunque con unas vistas conmovedoras de la Acrópolis, pero en donde cuesta imaginar el jardín convertido hace dos mil años en un locus amoenus de amistad y vida compartida.

El jardín de la felicidad. Obras y fragmentos, en la excelente edición de David Hernández de la Fuente, permite regresar a Epicuro despojándolo de esa larga tradición de malentendidos y tergiversaciones y descubrir un manual de instrucciones para una vida austera, exigente, amante de los placeres pequeños y, quizá por ello, extraña para nuestro hedonismo del exceso contemporáneo y nuestra búsqueda de la anhelada pero inalcanzable euforia perpetua. Su receta para la felicidad consiste en un tetrafármaco paliativo para nuestra angustia vital: no temer a los dioses; no preocuparnos por la muerte; saber que lo bueno es fácil de conseguir y lo malo fácil de soportar. Esa medicina terapéutica la encontramos en unas 50 páginas que han sobrevivido a la transmisión cruel del epicureísmo, Así, una edición como esta que reúne, ordena y reconstruye arqueológicamente los restos de ese naufragio adquiere un valor añadido.

Para Epicuro no hay ética sin conocimiento de la realidad, ni serenidad del alma sin una comprensión del mundo liberadora y ajena a prejuicios o distorsiones cognitivas. No propone técnicas de bienestar emocional desligadas de una explicación racional de la realidad. Si fiamos ingenuamente nuestra suerte a los dioses debemos saber que ellos no administran premios ni castigos; si nos angustia la muerte es porque hemos olvidado que cuando ella llega, nosotros ya no somos ni sentimos; y si el futuro y la incertidumbre nos generan ansiedad, su filosofía se convierte en la mejor medicina para nuestras almas.

Pero aquellos que esperen encontrar en Epicuro una apología del exceso buscarán en vano. La felicidad depende de aprender a satisfacer el insaciable deseo disfrutando tan solo de placeres naturales y necesarios. Solo ellos nos aportaran la aponía o ausencia de dolor corporal; la ataraxia o ausencia de perturbación del alma. La amistad puede ser suficiente, un pequeño trozo de queso puede bastar. No encontraremos en Epicuro un manual de complaciente autoayuda. Su filosofía implica una crítica radical de las imposiciones sociales que multiplican artificialmente nuestras necesidades y nos hacen fijar la felicidad en aquello que no podemos controlar; su palabra nos enseña a vivir una vida buena, no una buena vida. Quizás su único error fue su láthe biósas o “vive ocultamente”, el buscar menos la participación cívica que una comunidad escogida de amigos. Es ello un precio inasumible porque, nos guste o no, somos y debemos ser, como dijo Aristóteles, animales políticos y es una falsa ilusión construir un espacio protegido donde vivir razonablemente entre amigos y creer que nuestra felicidad se siente amenazada si nos comprometemos con el bienestar colectivo. Ese sí es un error muy actual.

Frente a las promesas de fórmulas instantáneas y sencillas para alcanzar la felicidad, Epicuro nos propone algo mucho más difícil e incómodo: racionalizar nuestros miedos y deseos y comprender nuestras limitaciones. Veintitrés siglos después, visitar el Jardín de Epicuro nos recuerda que la felicidad no consiste en buscar el paraíso en el más allá, sino aquí; no en añadir cosas a nuestras vidas, sino en aprender a desprendernos de todo aquello que al poseerlo nos posee.

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El jardín de la felicidad. Obras y fragmentos 

Epicuro  
Edición y traducción de David Hernández de la Fuente
Ariel, 2026
256 páginas. 16,90 euros

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domingo, 19 de enero de 2025

“De las cosas que hay, unas dependen de nosotros y otras no. ...

Epicteto: el gran olvidado del estoicismo que vuelve a brillar

La reedición de su ‘Manual de vida’ aviva la pasión por esta corriente de pensamiento, que en los últimos años ha vivido un esplendor con las ‘Meditaciones’ de Marco Aurelio


Grabado de Epicteto, con su muleta, del siglo XVIII.



El estoicismo romano está de moda. Lo vemos en películas, en novelas históricas y, lo practiquen o no, sus máximas están constantemente en boca de influencers, empresarios, futbolistas y famosos de toda índole. Siempre se dijo que el estoicismo era una filosofía para emperadores y para esclavos, y el caso es que ha sido así de forma literal: las dos figuras más prominentes del estoicismo tardío fueron un emperador (Marco Aurelio) y un esclavo. Del emperador se han escrito ríos de tinta, pero el esclavo ha estado siempre en un segundo plano. Hasta ahora. Sellos como Taurus, Arpa, Rosamerón o Plutón ediciones han rescatado en 2024 el Manual de vida, de Epicteto, el esclavo convertido en filósofo. Esto se suma a las publicaciones en los últimos cursos de editoriales como Alma, Edaf o Alianza tanto del Manual como de sus Diatribas, y al auge editorial que los estoicos han vivido en los últimos años, de Zenón a Séneca, pasando por Marco Aurelio.


“En los noventa hubo un primer empujón del neoestoicismo, sobre todo desde Estados Unidos, con varios libros de gente de la empresa o incluso militares que aplicaban enseñanzas estoicas”, cuenta David Hernández de la Fuente, encargado de la traducción y la edición del Manual de Epicteto publicado por Arpa. “Pero fue a partir de la pandemia cuando estalló. Llegaron al estoicismo muchos nuevos lectores de todos los ámbitos, no solo de la filosofía o la filología, porque encontraban soluciones y claves para su vida”. ¿Qué claves? “Los estoicos tardíos surgieron en una época de turbulencias, asediados por una peste, por las invasiones bárbaras, por un cambio climático… la clave es que ellos encontraron la idea de que, aunque el mundo se puede desmoronar a tu alrededor, tienes que tener una serie de ideas como asidero”, cuenta Hernández, que también con Arpa publicó el año pasado una exitosa edición de las Meditaciones de Marco Aurelio.


La filosofía estoica de Epicteto se centraba en la distinción entre lo que está bajo nuestro control (nuestros juicios, deseos e impulsos) y lo que no lo está (todo lo externo, como la riqueza o la fama). Sostenía que la clave de la felicidad y la libertad reside en aprender a dirigir nuestros pensamientos y actos con virtud y serenidad, independientemente de las circunstancias externas. En plata: determinar qué cosas podemos cambiar y aceptar las que no podemos cambiar. O en palabras del maestro: “De las cosas que hay, unas dependen de nosotros y otras no. De nosotros, el juicio, el impulso, el deseo, la aversión y, en una palabra, cuanto es asunto nuestro. Y no de nosotros el cuerpo, la propiedad, la fama, el poder ni, en una palabra, cuanto no es asunto nuestro. (…) Si crees que solo es tuyo lo que es tuyo y que lo que es ajeno es ajeno (…) nunca obrarás mal de tu agrado en ningún sentido, nadie te dañará ni tendrás ningún enemigo, pues no sufrirás nada dañino”.


No sabemos su nombre siquiera. Epicteto es en realidad un mote, que significa “el comprado”, o “el adquirido”. Nació en el año 55 en Hierápolis (la actual Pamukkale, en Turquía) y murió en el 135 en la griega Nicópolis. No sabemos quiénes eran sus padres. Sí sabemos que de pequeño fue vendido como esclavo y que luego fue liberado. Que su amo lo torturaba, y que por ello quedó tullido: era cojo. Que fundó una escuela estoica, lejos de Roma, pero que desde allí influyó en la élite de la capital, que peregrinaba a verle. Incluso, cuentan, el emperador Adriano acudió a conocerlo. Toda la élite de ricos y cónsules quedó fascinada por el maestro pobre y antiguo esclavo que vivía con una lamparita de barro y que enseñaba a liberarse de lo que no era importante. “Marco Aurelio no lo conoció”, apunta Hernández, “pero sí lo leyó e influyó en él de forma evidente. De todos modos, Marco Aurelio va por otro lado, sus Meditaciones tienen otra densidad; el manual de Epicteto es corto, sencillo. Es la mejor manera para introducirse en el estoicismo”.


Epicteto no quería escribir ese manual. Ni, en general, nada; tampoco su otra gran obra, las Diatribas. Maestro de la conversación, como su referente Sócrates, fue su discípulo Flavio Arriano quien recogió sus enseñanzas. “Llama la atención que nos fascinen los que sin duda son los libros más extraños que nos ha legado el mundo antiguo, dos libros que no son libros: uno que se escribió en privado para que no lo leyésemos [las Meditaciones de Marco Aurelio] y otro que se escribió en nombre de alguien que no quiso escribir nada [el Manual]”, cuenta Hernández. Lo mismo pasó con la escuela rival, los epicúreos: las enseñanzas de Epicuro fueron difundidas gracias a otro discípulo, Diógenes de Enoanda, y no a la vocación escritora de su maestro.


¿Qué opinarían, Marco Aurelio y Epicteto de la fama que sus obras han cosechado en este mundo moderno? “A ellos les horrorizaría la fama póstuma: los memes, los likes… estaban profundamente en contra de relacionar la fama y el dinero con el éxito: sostenían que eso es, en realidad, lo que te hace un esclavo”. “Dicho lo cual, no me extraña el éxito actual ni de Epicteto ni de Marco Aurelio: sus libros van directos a la médula de las cosas, te interpelan directamente con el mensaje de ‘intenta progresar”, contextualiza Hernández. “Epicteto habla al que intenta aprender, reconforta y es directo. Las Diatribas son menos directas, pero el Manual es muy breve”, apostilla. Hay un juego de palabras curioso: enchiridion era literalmente el manual, en el sentido de algo que tener a mano. Pero también es el nombre de un cuchillo romano: un arma con el que cortar, por ejemplo, ataduras innecesarias.


“La clave es volver a los viejos maestros, a las enseñanzas clásicas”, termina Hernández. “Epicteto no es un gurú que de repente sale con una nueva iglesia o una nueva filosofía. Son enseñanzas radicales que nos sirven perfectamente para un periodo incierto y difícil como el que vivimos. Y como el que vivió él”. Plano general aparte, hay enseñanzas suyas que parecen escritas específicamente para estas fechas: “En las conversaciones familiares, abstenerse de reiterar tus hechos, pues aunque tú gustes de referir tus hazañas, a los otros no les será grato oírlas. Evita también hacer chistes”. Sabias palabras casi navideñas de Epicteto, el esclavo que nos enseñó a ser libres.

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Redactor de EL PAÍS que desde 2014 ha pasado por Babelia, Cultura o Internacional. Es experto en cultura digital y divulgador en radios, charlas y exposiciones. Licenciado en Periodismo por la Complutense y Máster de EL PAÍS. En 2023 publica ‘El siglo de los videojuegos’, y en 2024 recibe el premio Conetic por su labor como divulgador tecnológico.

jueves, 13 de junio de 2024

Sobre la filosofía cínica...

 Necesitamos más cinismo

Alejandro Magno y Diógenes el Cínico, de Sebastiano Ricci

JAIME RUBIO HANCOCK, 12/06/2024

FILOSOFÍA INÚTIL

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Una vez haciendo en el foro acciones torpes con las manos decía: “¡Ojalá que frotándome el vientre no tuviese hambre!”.

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He copiado literalmente lo que escribe Diógenes Laercio. Pero sí, se refiere, una vez más, a la masturbación en público. Robineau recuerda que la filosofía cínica tiene mucho de ascesis, al ser una disciplina que renuncia al lujo y las comodidades. Pero a lo que no renuncia es al placer.

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Esta tendencia a atender sus necesidades fisiológicas sin preocuparse por las consideraciones sociales fue uno de los motivos por los que a Diógenes se le llamó “perro” (kyōn), aunque él llevo el término cínico (kynikos, perruno) como una medalla. A Diógenes el insulto le servía para recordar que el ejemplo de los animales nos ayuda a distinguir entre los comportamientos naturales (y, por tanto, deseables) y los que solo son el resultado de costumbres (y que, por tanto, son inútiles o dañinos).

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No tengo muy claro que todo el comportamiento “natural” sea positivo ni que todas las costumbres sean perjudiciales, pero lo importante es que nos lo preguntemos y nos lo planteemos. Estas convenciones sociales pueden ir desde lo más pequeño y cotidiano, como por qué insistimos en que el rosa es para niñas, a lo más amplio y político, como por qué nos empeñamos en mantener fronteras y tratar a los extranjeros casi como enemigos. 

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Lo de las fronteras no es un ejemplo al azar: cuando a Diógenes le preguntaron de dónde era, contestó con una sola palabra, kosmopolitēs, ciudadano del mundo, una respuesta que los estoicos adoptaron como propia y que, de nuevo, llegó a Kant y a la Ilustración para convertirse, unos 150 años más tarde, en uno de los ideales que está detrás de la fundación de la Unión Europea.

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Probablemente, Diógenes se burlaría las instituciones europeas, igual que de las españolas, las griegas o las turkmenistaníes. Y seguro que me arrojaría tres gallinas y cinco huevos a la cara por enlazar sus ideas con las elecciones europeas: “¡Buuuh! ¡Sociata!” (“sociata” es “progre” en griego clásico).

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Pero esto me sirve para enlazar con lo que decíamos al principio acerca del significado que damos habitualmente a la palabra cínico. En su Crítica de la razón cínica, Peter Sloterdijk distingue entre cínicos y quínicos:

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  • Los cínicos son los que piensan que todo lo que hay es hipocresía e intereses ocultos, y apuestan por un individualismo descreído y estéril. ¿La Unión Europea? Bah, un club de naciones para hacerles las cosas más fáciles a los ricos.

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  • Los quínicos serían los cínicos clásicos y sus sucesores, que mediante el humor y la provocación quieren encontrar lo que hay de valioso en nosotros (e incluso en la Unión Europea, si lo hay). Un cínico no es alguien que no cree en nada, sino alguien que busca algo en lo que creer. ...

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Y si no lo encuentra ni con ayuda de una lámpara, siempre sabrá disfrutar de una tarde al sol.

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JAIME RUBIO HANCOCK

Periodista en EL PAÍS y columnista en Anatomía de Twitter. Antes pasó por Verne, donde escribió sobre redes sociales, filosofía y humor, entre otros temas. Es autor de los ensayos '¿Está bien pegar a un nazi?' y 'El gran libro del humor español', además de la novela 'El informe Penkse', premio La Llama de narrativa.